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Bajo la higuera del verano eterno

Bajo su sombra crecieron historias, amistades y recuerdos que aún perduran. Hoy, su ausencia se convierte en memoria y su historia, en símbolo de lo que sigue en pie: la identidad y el espíritu de Estudiantes Unidos.

“Y el árbol que tu olvidaste, siempre se acuerda de tí” 

(Atahualpa Yupanqui, 1966)


Hubo un tiempo en que el verano tenía sombra propia.


En el corazón de la sede céntrica del Club Atlético Estudiantes Unidos, formando un ángulo recto entre la cancha de paleta y el quincho, una gran higuera extendía sus brazos generosos. Allí, durante décadas, generaciones enteras encontraron refugio entre sus hojas: chicos que aprendían a nadar, familias que compartían tardes interminables, amigos que soñaban bajo su copa.

Esa higuera no era solo un árbol: era parte del paisaje afectivo del club. Su sombra marcaba el límite entre el bullicio del agua y el murmullo de las charlas, entre los partidos improvisados y los mates compartidos, entre el infaltable truco y la provista cantina. Era la opacidad del fulgor de las jornadas soleadas, y era gigante paraguas, cuando la lluvia, cual patada a un hormiguero, provocaba el pulular de niños buscando el abrazo protector de la interminable copa. Bajo su follaje se contaron historias, se sellaron amistades y se forjaron recuerdos que aún hoy viven en la memoria colectiva de los socios. Fiel centinela de las legendarias canasteras y sus intocables sillones de caño, lujo vedado para los menores, que exhibían como trofeo el sillón conquistado, en el momento en que las damas jugadoras bajaban por un instante la guardia y cedían su poder por un rato. Entonces, las sillas tijera de madera anaranjada, aguardaban expectantes el regreso de los niños.

Pero el destino quiso escribir otro capítulo. En Marzo de 1988, un tornado azotó a Pehuajó con furia. La ciudad entera sufrió su paso y, entre los daños, la vieja higuera del club fue herida de muerte. Cayó con dignidad, como quien cumple su ciclo, con la satisfacción del deber cumplido, a sabiendas que tras de sí, yacía una huella imborrable.

Hoy, en ese mismo lugar, se levanta la cancha de pádel interior del complejo “Fernando Belasteguín”. Donde antes hubo raíces y sombra, hay movimiento y vida deportiva. Pero para muchos, al pasar por allí, todavía se escucha el eco del verano, el rumor de las hojas, la risa de los chicos, el chasquido de los naipes y la sensación de estar bajo esa higuera inmensa que supo cobijar a toda la comunidad albinegra. Y a los no albinegros, también.

En nuestro Club honramos esas historias que nos dieron identidad.
Cada rincón tiene algo que contar, cada recuerdo nos une, y cada huella —como la de aquella higuera— nos recuerda que el club es, ante todo, nuestro hogar y una gran familia compartida.

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